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Quiero ser artista

Pablo Ottonello

FRAGMENTO

"KOVACIC"

I

Debería haber sospechado del movimiento lateral de sus ojos. Parecían latir como garrapatas comedoras de luz. Lo descarté. Siempre había sido un tipo extraño que no miraba, franco, a los ojos. Ni lo admiré del todo ni lo detesté por completo. Creí que era un hombre común con alguna capacidad para la ciencia y la fotografía.
Su temperamento —su olor a transpiración— me impedía concebirlo como artista. Usaba la retórica para analizar su propia obra. No le salía mal pero abusaba de las pausas. Era enfático. Estaba convencido de que lo suyo —“mi obra fílmica”, decía— sería valiosa para los demás. No sé en quién pensaba cuando se refería a su “público”. Era insoportable. No estoy seguro de que supiera de su fracaso. Hizo su nido en la excentricidad. Negoció calma en la rareza. No pretendo ocuparme de definir si lo que dejó Kovacic perteneció o no al arte. (Aunque ahora pertenece a las cenizas.) El aturdimiento, la responsabilidad y la nostalgia me exigen hablar de él. También, la culpa. Tonifiqué un poco mi declaración policial para dejar claro que lo suyo eran problemas mentales. Quizá —lo pienso días después— para protegerme a mí. Me sofistiqué y dejé dicho que quizá, en vez de entrar en la historia del arte, Kovacic haya entrado en la historia de las curiosidades. Oí a uno de los sargentos decir —mirándolo bambolearse como un jamón— “loco de mierda”. 

Voy a tratar de explicar un poco.

Aunque durante años se ganó la vida como productor y realizador audiovisual de canales de televisión por cable, Jiri Kovacic, argentino de padres polacos, se llamaba a sí mismo “documentalista”. Le gustaba enumerar las virtudes que exigía su trabajo: el poder de observación, la sensibilidad para hablar con la gente y esa cosa aventurera que tienen algunos buenos camarógrafos. Yo sé de primera fuente que pasó la mayor parte de su vida en la organización de programas de cocina, noticieros de espectáculos y programas de entrevistas filmados en estudio. Muy cada tanto salía a filmar cosas sueltas los fines de semana. No le puedo negar el derecho a embellecer su propia biografía. Quién no miente un poco cuando le toca presentarse." 

 

Sobre Quiero ser artista

Por Luis Chitarroni

Ineluctable modalidad de lo visible, para comenzar con un lugar común proteico joyceano. Y media vuelta atrás, intentar asistir sin protección a estas seis estaciones de Ottonello en la profundidad vertebral de la narrativa. Algo más: tratar de sacar a la superficie algo inteligible y digno de sus imágenes menos tripuladas. Quiero ser artista: nueva suspensión de la incredulidad en contratapa (algo que, como intento, sólo tiene de novedoso su enunciación). Porque nada se sabe de antemano de estas verdades a ciegas y a medias que se distribuyen en “Kovacic”, aunque Dziga Vértov sea invocado, ni de la aparente falta de turbulencia que imprime a “Fundar un sexo” una especie de paisajismo de fondo, o del lunar de harina o de talco que confina “Comprar crema” a una blancura que juega a dos puntas, del atisbo indicial a la sentencia concluyente, con la experimentación y la inocencia. Bueno sería aprender de memoria un libro entero, como esos hombres de Fahrenheit 451 cuyo punto de partida es un film distinto —Toda la memoria del mundo— y llegan a buen término.

En la circunnavegación ottonélica, Quiero ser artista se convierte de aspiración anhelante y metódica en confesión tautológica: la literatura es el mejor riesgo posible para que tales cosas ocurran. Porque cuando, a la larga, se apresura uno a redefinir el trance, el tránsito, la fatalidad nos deja sin aliento. Es el concierto y el conflicto de estas narraciones en fuga los que ponen fin a
cualquier incertidumbre estética. Ya ha escrito de sobra el artista Ottonello la prueba que de nada lo eximirá, pero que impulsa sin renuncia esta expulsión sistemática de los demás oficios, de las demás profesiones, de la imperiosa eternidad en curso: que lo aísla en el presente sin progreso de la presunción porque la consulta ya como profecía cumplida, desinteresadamente.

 

DISEÑO

Julián Villagra

CORRECCIÓN

Martín Vittón

RETRATO

Ana Carucci

 

ISBN: 978-987-3633-04-1       

Cantidad de páginas: 120