18-08-2017

Los mejores días por Quintín

El segundo sexo

Los mejores días

¿Hay una literatura femenina? Es una de las preguntas con las que no debería meterme. Pero últimamente me puse a pensar que si lo de la literatura femenina es una cuestión demasiado esencialista para mi gusto, es posible que en la Argentina (y en otras partes) se practique una literatura de mujeres. Terminé de formular esta idea leyendo Los mejores días, un libro de ocho relatos sobre mujeres que empieza con una cita de Claire Keegan. Después, antes de uno de los cuentos, hay una cita de Elizabeth Hardwick. En la contratapa hay un texto de Inés Acevedo que empieza diciendo “Estos son cuentos sobre mujeres sabias”.

No me pareció. Tampoco me pareció que Acevedo haya leído con mucha atención. Habla de “un pasaje que es una iluminación: el momento preciso de aprender algo importante. Una chica, por ejemplo, pasa su primera luna de miel con el novio, en las sierras. Todo parece a punto de naufragar entre los dos. Una tarde ella se encuentra descalza frente a frente con un escorpión. La chica logra que su problemático novio haga un intento por capturar al animal que amenaza sus vidas pero, para hacerlo, deben dar vuelta la casa”. Es cierto que el novio es problemático, pero si no leí mal, se niega a ocuparse del escorpión y la deja a la chica sola con él en la casa.

Más adelante, dice Acevedo: “Con la rara madurez de los treinta años, a la manera de Clarice Lispector, Lorrie Moore o Grace Paley, estos cuentos son un espacio de indagación…”. ¿Se parecen realmente Etchebarne, Lispector, Moore y Paley? ¿Se parecen en algo además del sexo? No sé. Pero en una entrevista de Télam, Etchebarne declara que quiso escribir sobre las mujeres que conoció y que la criaron. Preguntada sobre qué lecturas, autores y obras formaron parte de la construcción de los cuentos, Etchebarne responde: “Leí a muchas autoras mujeres: Aurora Venturini, Inés Acevedo, Hebe Uhart, Alice Munro, Claire Keegan, Lorrie Moore, Liliana Heker. Me iluminaron formas de contar. Todas son amas y señoras del cuento”. Y cierra la entrevista diciendo que el último cuento del libro lo escribió de un tirón después de leer El amante de Marguerite Duras.

Ya llevamos nombradas quince escritoras y no parece haber aquí cupo masculino. Me cuesta creer que haya un común denominador entre todas. Pero tal vez sí, y las mujeres sean mejores para hablar de la intimidad, para “mirar la vida de frente pero sin urgencia” como dice Acevedo. Pero es indudable que últimamente parece haber cada vez más libros escritos por mujeres, editados por mujeres, presentados y reseñados por mujeres, libros que circulan casi como un género. Me preocupa que en ese barullo, en la idea de que las mujeres escritoras tienen algo especial y característico, se pierda la individualidad de cada una.

Al buscar lo que Magalí Etchebarne le debe a su imaginación o a su talento y no a sus maestras o sus amigas, encuentro en Los mejores días un libro que tiene una estructura curiosa. De hecho, las protagonistas de los cuentos casi podrían ser una sola, retratada en distintos momentos de su vida. Una de ellas aparece al menos en tres relatos. Empieza en “La nuez de Adán” siendo una nena que se va de vacaciones a las sierras de Córdoba con sus padres y su hermana (más el problemático novio de la hermana). En el cuento siguiente, “Que no pase más”, es ella la que se va de vacaciones a las sierras con su novio. Es el del episodio del escorpión. A Etchebarne se le da bien con los animales, le interesan, los observa, describe con gracia su conducta: “No todos los animales tienen la mirada así, los perros están en guardia, aunque estén cansados, y los gatos están siempre hablándole a algo que no es de este plano. Pero los bichos como estos, los conejos, las liebres, ¿qué mirarán?”.

En “Cosita preciosa” y en “Tsunami” reaparecerá la familia Ruiz y terminaremos de completar una historia de empobrecimiento colectivo y demencias varias. Esa familia, más Ramón, el novio de la protagonista, es la columna vertebral de Los mejores días. Pero en todos hay una atracción cierta de Etchebarne por la locura, en particular, cuando describe la atracción de una mujer por un hombre intenso y perturbado, muchas veces drogadicto. El tal Ramón (el Capitán del último cuento) con el que la narradora vive en el Delta esperando la muerte, Pedro (el amante de Clara, intenso y rehabilitado), Maxi (el que educa en el sexo y la sumisión a una prima y su amiga). De modo recurrente, esos hombres intensos, problemáticos, misteriosamente desequilibrados acaparan la atención de sus mujeres y su locura inesperada, borrosa pero no totalmente destructiva es lo que mantiene la prosa en su punto más vivaz.

Los mejores días, con sus cuatro cuentos en el centro y otros cuatro en la periferia, tiene algo de libro en proyecto. O tal vez ocurra a la inversa. Es como si la saga de los Ruiz fuera menos un esbozo de novela incompleta que una novela deshecha en beneficio de esos momentos en los que una mujer ve en la locura de un hombre oscuro su destino irremediable. Me gustaría saber si explorar esa veta es su propio destino como narradora.