Los poemas se mueven por caminos conocidos, trazados por el ímpetu de ir hacia un encuentro amoroso. Viento y lluvia resbalan en la tela impermeable. La particularidad de la distancia rige el ritmo, el movimiento o la espera en el repertorio del cortejo. Cada vínculo traza un arco, desde un estado de situación hasta otro. La poeta hace un recuento de cosas que otras le dejaron, y especula sobre las que ella habrá dejado a su vez. Algo se mantiene vivo en el medio, a pesar de las separaciones, una planta sigue creciendo más allá de quienes compartan el hogar. Todas las historias son presente y pasado.
Caminar para fortalecerse, caminar para olvidar, caminar para convencerse, o para renovar el vocabulario en la ansiedad de lo que nunca podrá nombrarse del todo bien. Una mirada audaz registra detalles del entorno, mientras se tienen conversaciones con una misma. Un cuerpo yendo hacia otro, siguiendo el rastro de la madre por su país natal o repitiendo los pasos compartidos con un amor estacional. Mientras alguien lo recorra, el camino sigue ahí: para recordarnos la distancia, para dejar abierta la posibilidad de volver a transitarlo.
Daiana Henderson
Sin unir las manos
Perdí la memoria y la mitad de las palabras que usaba.
A veces me olvido de lo que digo
como si quisiera colocar un botón sin ojal
le pregunto a Florencia: ¿qué te estaba
contando?, ¿no te acordás, más o menos?
Señalo un parlante, un modular, una regla
para volverlos a nombrar.
Perdí el vocabulario, tal vez fue para renovarlo
el lenguaje se poda como un árbol y las palabras
tienen fecha de vencimiento. Para que vuelvan renovadas
como en una adolescencia inesperada
me entrego a la pérdida, hago lugar. Empiezo a hablar
sola por la casa y por la calle, fabrico a otro
para no resbalar en el silencio y conservar el contacto.
Por la tarde entreno en la terraza con mi amiga que ahora es
mi amigo, tenemos una playlist, guanteo y proteína
saltamos la cuerda con soga que compramos en la ferretería
un rubro que no cerró. Tenemos guantes, vendas y bucales
armamos un pequeño gimnasio de boxeo entre los dos.
A las diez de la noche salgo con los auriculares
sin cables me entreno en otras formas de vida,
camino recto, en cuadrícula, el mismo camino todos los días.
Tres Arroyos, Soler, Julián Álvarez, en Warnes y y Antezana
me paro a mirar el edificio en ochava donde años atrás
había tenido la segunda cita con una chica muy linda
que luego fue mi amor, una remera color salmón,
monedas de chocolate y muchas cosas más
que ahora no puedo contar.
Camino en dirección a los buenos tiempos, bailo un poco
de la cintura para arriba, son míos el cordón
el viento, el nubarrón
las ochavas, las mansardas, el neón, la avenida
todo está hecho a mi medida, todo me incluye hasta el cielo
o Las Vegas, vuelvo a escuchar discos enteros
dejo de rebanar la experiencia, de administrar el subidón
el flash, qué flash, las ambulancias
no tienen nada para esquivar
cruzan Honorio Pueyrredón a ciento treinta.
Me quedo despierta hasta las cuatro de la mañana
amancebada miro la esquina, escucho
el ritmo mundial, el tronar del misterio, bajo data
en la noche mojada, rezo a mi manera sin unir las manos,
apenas hago un poco de presión entre el dedo índice y el
[mayor
para sostener el cigarro que fumo tarde en el balcón
escuchando las sirenas, mirando desde arriba como un vigía
en un faro lejano, aislado, evito convertirme en una isla.
ISBN: 978-987-3633-50-8
Número de páginas: 100
Año de publicación: 2026