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17-11-2017

ANGST por Flor Monfort en la presentación

A continuación reproducimos el bellísimo texto que Flor Monfort escribió para presentar Angst, de Adriana Riva, el 16 de noviembre en su lanzamiento.

Me cuesta mucho escribir sobre Angst porque lo conozco casi de memoria y porque me une a él una especie de amor incondicional que solo se labra con las cosas que una ha transitado mucho tiempo, en profundidad y casi con la devoción de un rezo que, por lo menos en mí, no tiene otro cauce que la literatura.

Conozco tanto a los personajes que a veces los escucho hablarme al oído, como la profesora de piano que mira con furia a su marido hacer algo impropio; o dejarme mensajes en el contestador, como la dueña de un departamento tan desolado como su inquilino; o darme la mano, como la niña que se siente una catástrofe para su familia. Pienso mucho en las tres amigas perdidas en la bruma de la India y esa arena del desierto de la tristeza se me cae en los ojos, los nubla para volver a escuchar en mi cabeza la música de las palabras.

El libro de Adriana es sobre la angustia pero no sobre la angustia con todas las letras sino con algunas fallas, como esas pronunciaciones locas que producen las consonantes cuando se juntan. En alemán, hay una palabra que empieza con angst y es Angstschweiß, que significa sudor frío. El sudor frío es algo así como un oxímoron y algo de esa contradicción se va enredando en estos cuentos. Pero no es exactamente una contradicción, es una negociación permanente que hace la autora entre palabras bellas y acciones que empujan como una flecha a las historias. Hablamos mucho sobre eso: cuánto traccionar el carro de la poesía, cuánto plantarse en el hueso de la trama. Y ahí estuvo ella, dos años gestionando lecturas de las que sacó el jugo como nunca vi a nadie exprimir el siglo xx y a sus mujeres de letras. Porque si hay algo que sabe hacer Adriana es la tarea.

 ¿Qué es Angst? Un tratado sobre lo que está velado, lo que tiene bruma, lo que se puede esconder entre tejidos familiares que no reportan grandes convulsiones sino más bien el terror de las migas del desayuno. Como si la angustia pudiera ser algo desconocido que necesita definición, la autora la redefine cada vez que coquetea con ella, a la manera del regodeo pero con la altura de una alpinista. Desde allá arriba la angustia toma la forma de las nubes, es tan flexible como la miel y a la vez tan pegajosa. La angustia aparece en una niña que aprende que crecer trae tanto dolor como incertidumbre, la chica que mira a su amiga muda y lo entiende todo, en Angst está el deseo agarrotado y también el detalle, ese zoom a las extrañezas tan pequeñas como darle palmaditas a un colchón para que alguien se acerque.

Pero la angustia no es todo. También está la sorpresa de la narración que se tuerce hasta lo ambiguo, también está el humor de una autora que se pone en puntas de pie y camina sobre las palabras, juntarlas entre ellas para hacernos trampas, entrar de lleno en un sistema que contiene a las oraciones como los pasos de un gato. Algunas que me gustan mucho:

 

John se tapó la cabeza con una carpeta y ella lo imitó con su mochila. Se rieron. A los dos les divertía mojarse un poco; ninguno estaba hecho de azúcar.

 

A Teresa su papá la fascinaba y la aterraba en idénticas proporciones. Le gustaba entrar con él a los restaurantes y ver cómo la gente se daba vuelta para admirarlo, pero se le escapaban unas gotas de pis cuando el mozo tardaba en traer la cuenta y Arturo se iba sin pagar, dejando su tarjeta con sus datos.

 

Cuando Marina tomó el anular de Elías, Adela observó el resplandor de los nudillos de su hijo y le pareció ver cuatro cráneos claros en fila. El anillo le quedó pintado y ella

empezó a lagrimear. Su hijo era una persona íntegra y ella no había tenido nada que ver en ese resultado.

 

En Angst la angustia no es la explosión de un llanto. Hay una extranjeridad plasmada en mujeres que transitan el mundo, como la adolescente que mandan a un convento en Perú y que deja abierto su destino, las dos hermanas que cruzan el planeta para llegar a un pueblo perdido en Finlandia, o las tres amigas que buscan gastar vida en el destino más hostil, como si algo de eso las ayudara a atrapar la felicidad. Pero también hay una ajenidad con el cuerpo que cambia, con las parejas que se vuelven extrañas mientras quieren llegar a la meta.

En Angst hay personajes que caminan sobre plumas y otros que cacarean. Los puedo ver a todos, sonriéndonos, en este mismo momento que se separan de la autora para ya no pertenecerle y se lanzan al mundo de los otros, ustedes, lectores, lectoras, protagonistas de una historia que los va juzgar sin el cuidado y la ternura con la que fueron concebidos pero ese es el riesgo de lanzar a las criaturas a la vida. Adriana tiene tres hijas así que algo de eso sabe, y si hay alguien en quien pienso cuando mi hijo vuela de fiebre a la madrugada es en ella, tan desgarbada como una de sus personajes, diciéndome *los chicos son fuertes Flor, no les pasa nada, resisten todo*. Queremos eso de nuestros pollos de Angst, creemos en su fortaleza, por eso los lanzamos a la jungla.  

Hace dos años conocí a Adriana Riva. Casi no tenía nada escrito. Ahora tiene este libro de cuentos y una nouvelle terminada. Trabajamos juntas hasta llegar al nervio. Corrimos alrededor del ceamse para impregnarnos de la basura del ambiente y volcarla en el papel. Fue la única vez que la vi quebrarse, pero no por el olor, el cansancio o la incomodidad de trotar en jeans. Dijimos juntas las palabras mágicas que pueblan este libro como perlas que se encuentran en el fondo: mamá, papá, amor, dios, muerte, sexo.

La envidio bastante, tengo que admitir. Escribió en dos años más de lo que yo escribí en diez. Riva arriba como una obrera de la escritura, con esa obstinación que solamente una persona casada con una idea puede tener, una idea de la literatura que compartimos y que considera a las palabras como objetos enormes que ocupan lugares físicos, algunas a las que hay que sostener con un dedo y otras que se sostienen solas por su peso. Gozamos con las metáforas de Ozick, nos dimos panzadas de Munro, de Moore, comentamos Keagan y Berlin, todas mujeres fuertes que escribieron mientras acunaban niños en la penumbra o le robaban tiempo al día. Adriana se diseñó lo que otra escritora de nuestra generación, Ariana Harwicz, llama “una vida para la literatura”, y solo por ese acto de fe, por esa devoción al milagro que es publicar un libro, esa interrupción forzosa en la cadena de capitales que gobiernan el mundo, es que yo también me entregué a su cadencia, como me pasa con todas las escritoras que me gustan, resistiéndome a entrar en ese mundo de grises pero finalmente entregada a su potencia.