14-12-2023

La vuelta al perro en Barbarie

Lo que resiste al óxido

Marcelo Ortiz

 

La experiencia de caminar por la ciudad puede ser, en ciertos casos, abrumadora. Si quien lo practica no es capaz de sustraerse por algunos minutos de los cientos de miles de estímulos que la ciudad contemporánea ofrece a los transeúntes, la sensación que queda, impregnada al cuerpo, es la de una saturación similar a la que encontramos luego de estar en internet por varias horas. Son estados confusos, embarazosos, en último caso contradictorios: ofertas, cuerpos exuberantes, nuevos imperativos categóricos, promesa de experiencias únicas. Todo esto, se supone, al alcance de la mano. Lo contradictorio y lo incómodo viene de ese embrollo: de la inmensa distancia entre lo prometido y lo que, inalcanzable, se muestra sin embargo tan cercano. Salir a caminar por la ciudad pone a prueba eso que Winnicott alguna vez definió como la verdadera capacidad de estar solo: aquella que se logra precisamente cuando estamos rodeado de mundo y su asedio constante.

Lo perecedero es, tal vez, eso otro que promueve la ciudad contemporánea. Nada permanece, nada se reutiliza, nada merece ser reparado. Todo lo que muestra algún signo de falla es rápidamente reemplazado. El acto de nombrar se vuelve entonces fútil para el caminante que transita la ciudad, pues las cosas cambian a tal velocidad que lo nuevo rehúye a todo gesto de permanencia. En tales condiciones, escribir desde la sospecha sólo puede tener sentido en la medida que quien observa realice un proceso de extrañamiento. Identificar aquello que permanece en medio de ese cambio continuo puede ser una de las formas de escribir a contrapelo de los dictámenes del mercado y el progreso enceguecido.

Ahora bien, perderse en la ciudad no es lo mismo que hacerlo en algún pueblo de provincia. La relación del tiempo con las cosas es de otro orden, obedece a otros preceptos, y por tanto el gesto de nombrar tiene un impacto distinto si hablamos de la escritura y su vínculo con el mundo. Esa experiencia está hermosamente descrita en La vuelta al perro (2022, 2023) de Cynthia Rimsky, texto cuyo título se muestra desde ya sugerente respecto a lo que después encontraremos en sus páginas. Dar la vuelta al perro es, en el lenguaje popular, una metáfora que remite a la actividad de salir a caminar sin ningún objetivo predefinido. Quien da la vuelta al perro lo hace porque sí, porque ni modo, y es en estas vueltas donde la narradora nombra lo que encuentra a su alrededor con una vocación por momentos enciclopédica. Lejos de las grandes arterias capitalinas, salir a caminar en este espacio no requiere de ese retraimiento necesario de las ciudades, pues el significado del mundo y sus elementos no está saturado desde antes. Es por esto que la narradora en La vuelta al perro se da el tiempo de describir, nombrar, es capaz de crear espacio en el texto.

Por momentos lacónico y poético, la forma que adopta el lenguaje da cuenta de las menudencias de la provincia, los cotilleos vecinales y los roces cotidianos; le confiere a la narración el tono de quien, ubicada en el centro de los acontecimientos, es capaz de tomar al momento de escribir la distancia necesaria para develar las dinámicas ocultas que recorren la vida de la provincia. Así, en esta serie de crónicas y relatos teñidos por la mirada de alguien que sale a caminar o a comprar huevos en tiempos de pandemia, se anuncian violencias, abusos, historias de aquellas que sólo circulan en voz baja, porque si algo importa —entre muchas otras cosas— en este texto, es que no existe esa idealización de la vida apartada de las grandes urbes, muy por el contrario: no se escatima en mostrar —acaso enunciar de manera sutil— los conflictos humanos que se suscitan en estos pueblos.

La vuelta al perro no es un texto ubicado en las antípodas del progreso. Basta sólo recordar el pequeño vehículo motorizado que la narradora adquiere para ir de un lugar a otro o la bomba extractora de agua que intenta reparar una y otra vez. En ese sentido, el texto no incurre en el reaccionarismo inocente. Lo que se observa más bien es una relación distinta con las cosas, donde los objetos se obtienen por lo que facilitan, por su utilidad, no por lo que se puede demostrar a partir de ellos (estatus, clase social, estilo de vida, etcétera). Por eso la narradora, cuando ve las hermosas y amplias casas que se han construido en un terreno infértil, se pregunta cómo lo hará toda esa gente para sembrar o plantar un solo árbol en el patio.

La sospecha es un gran motivo en este texto, lo que permite observar con suspicacia tanto la idea de progreso como la de tradición. De entre todas las cosas que podríamos hablar de La vuelta al perro, sin duda, para lo que se propone aquí, destaca la relación entre el espacio y los objetos y su impacto en la escritura. En este texto las cosas resisten al óxido, no perecen con facilidad, lo que posibilita una relación distinta con el mundo y su materialidad. La mirada desprovista de romanticismo e idealizaciones permite, además, alejarse de los lugares comunes que rondan sobre la vida alejada de las urbes; da pie a que la autora, aunque de forma velada, narre también la violencia y las historias oscuras de la provincia, las que trepan como la sombra por los muros y se meten, sigilosamente, por las puertas y ventanas de las casas.